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Ach Gott, vom Himmel sieh darein, BWV 2

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Uno de los teóricos más influyentes del Barroco, Joachim Burmeister (1564-1629), animaba a sus alumnos a estudiar detenidamente el texto de cada cantata, ya que, afirmaba, una vez hecho esto “será el propio texto el que fijará las reglas”. Esta máxima es aplicable a todas y cada una de las cantatas de Bach. El nivel de detalle con el que trata cada símbolo, cada inflexión, nos admira aún hoy. La cantata BWV 2, Ach Gott, vom Himmel sieh darein, es sencilla a primera vista. No es muy larga, y está compuesta por una fantasía coral (en forma de motete), dos recitativos, dos arias y un coral conclusivo. Nada que pueda llamar demasiado la atención… hasta que nos empezamos a fijar detenidamente en algunos detalles.

 

Leer antes de componer

Lo primero que llama la atención es, efectivamente, el texto. El de la cantata es obra de un libretista cuya identidad desconocemos, que se basa en un coral de Lutero, conservando la primera y la última estrofa del original y modificando (en la forma, no en el fondo) el resto. Lutero, a su vez, escribió el coral como paráfrasis de la traducción al alemán que él mismo hizo del Salmo 11 de la Vulgata. Para quien quiera reseguir la elaboración del texto, incluyo a continuación la Vulgata, la traducción de Lutero, la paráfrasis del propio Lutero y el texto de la Cantata, donde he señalado en negrita los versos que siguen más o menos fielmente el himno luterano (y que, como veremos, Bach señala en la partitura recuperando la melodía original del coral). Resumiendo mucho, observamos dos aspectos que conviene tener presentes a la hora de escuchar la cantata. En primer lugar, que la elección de Lutero no es casual. Puestos a parafrasear un salmo, escoge uno con el que pueda llevar el agua a su molino. Esto es: basarse en un texto de la Biblia para lanzar un torpedo al catolicismo. En segundo lugar, el salmo habla de gentes que faltan a la verdad y hablan en vano, pero ya en el último verso de la traducción, Lutero incluye un matiz importante. Si la versión latina lamenta que los impíos “abunden”, o “proliferen”, el reformador denuncia que éstos “prevalecen” sobre los demás. En el coral, donde Lutero no tiene la necesidad de manterse en absoluto fiel al original, introduce el concepto de “lucha” así como la denuncia no a los mentirosos (en general), sino a aquellos que “han enterrado la palabra de Dios”.

 

Con todo, para acabar de comprender el sentido de la cantata hay que fijarse aún en otros dos escritos: las lecturas de la Biblia para las que se escribió esta cantata. Son un fragmento de la primera carta de Juan y otro del Evangelio según San Lucas. Comparten una temática común: la soledad y la incomprensión que pueden padecer los creyentes, en un mundo que da la espalda a Dios. Juan advierte: “No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece”. Lucas, por su parte, describe la parábola del hombre que ofrece un banquete, pero ninguno de sus invitados asiste a la cita, con excusas de lo más variopinto. Aunque el coral de Lutero no hace referencia directa a ninguna de los dos fragmentos, el tema del salmo sí que tiene que ver con esta misma cuestión: el rechazo que la idea de Dios genera en muchas personas, que hace que se distancien de la religión (a menudo, también de sus valores fundamentales), dejando solos a los creyentes. Más aún: la incomprensión que siente el propio Lutero al ver que sus ideas no son siempre entendidas, y mucho menos aceptadas. Esa idea de soledad, de aislamiento, junto con la del banquete, es la que me ha llevado a escoger el cuadro Nighthawks, de Hopper, para ilustrar este comentario: ese restaurante con un punto inquietante, y unos clientes que ni se comunican entre ellos ni parecen muy interesados por sus consumiciones…

 

Cuatro cantatas

La cantata que nos ocupa debe entenderse en un contexto muy concreto. Al principio de su segundo ciclo de Leipzig (esto es, en 1724, acabado el Tiempo Pascual y por tanto unas semanas tras el estreno de la primera versión de la Pasión según San Juan), Bach escribe cuatro cantatas con las que parece ofrecer un muestrario de su dominio de diferentes estilos y registros. Son las cantatas 20, 2, 7 y 135 (las he incluído todas en la playlist). Tiempo habrá de reflexionar sobre todas ellas y sus relaciones con la Pasión. Baste decir por el momento que, de ellas, la cantata 2 es la más conservadora en lo musical, especialmente por lo que respecta a su introducción: una fantasía coral que adopta la forma de un motete (que en época de Bach estaba cayendo en desuso) en el que las Altos cantan la melodía del coral con tiempos aumentados (notas largas), mientras el resto de voces la entonan en estilo fugado.

Ya de entrada, Bach nos sorprende con una instrumentación francamente oscura, grave: además de la cuerda y el continuo habituales, encontramos cuatro trombones y dos oboes, que doblan las diferentes voces. Este color de sonido, junto a la forma de motete, nos hace pensar en un canto fúnebre -en aquel momento los motetes de nueva creación se usaban especialmente para los funerales-. En este clima, se entona el primer verso del coral: “Ah, Dios, mira desde el Cielo”. La melodía luterana da a Bach la oportunidad de recrearse en el cromatismo descendente. Puede considerarse una ilustración musical de la mirada divina dirigida desde las alturas hasta la faz de la Tierra, pero Bach va más allá y dota a esta figura de un contenido simbólico y retórico, como iremos viendo.

Acabado el número inicial, Bach pasa a un recitativo secco (esto es, acompañado solamente del continuo, sin cuerdas ni vientos) para tenor, que empieza de una manera muy especial: reiterando la melodía del primer verso del coral, con su cromatismo descendente, como llamando más aún, si cabe, nuestra atención sobre esta sucesión de sonidos. La elección del primer verso del texto que se separa del original de Lutero no es casual: manteniendo la misma música, en lugar de “Ah, Dios, mira desde el Cielo”, el tenor dice “enseñan falsas doctrinas”, como si tras invocar la atención del Señor ahora se quisiera señalar hacia dónde (¿o hacia quién?) debe mirar. Este detalle cobra pleno sentido en un momento clave del aria para alto que sucede al recitativo.

 

El violín desajustado

Esta aria incluye una parte para violín solista, obbligato. El oído capta una melodía pegadiza, incluso alegre, soportada por un continuo cuyo ritmo puede recordar a una danza, con la alternancia de dos semicorcheas – cuatro corcheas – pausa. La sensación que causa de entrada, pues, no acaba de concordar con el texto: “Destruye las falsas doctrinas, combate a los que nos las quieren enseñar”. Unas palabras duras que contrastan con esa sutil alegría que emana de la música. Es curioso ver las diferentes explicaciones que se dan a esto. Algunos estudiosos señalan que Bach ve esa lucha, ese enfrentamiento, con la esperanza de que la cristiandad (concretamente, el protestantismo) se alce con la victoria, de modo que opta por reproducir la alegría de la celebración cuando aún estamos en plena batalla.

Para otros, en cambio, conviene tener en cuenta los “desajustes” entre el violín y el cantante. Entre estos se cuenta Albert Schweitzer, que destaca cómo Bach parece empeñado en hacer que uno y otro parezcan ir desacompasados, sin coincidir demasiadas veces. Sería, pues, una ilustración de la batalla que se libra soterradamente, mientras se guardan las apariencias. Esta interpretación serviría también para entender los numerosos momentos en los que, en un mismo tiempo, suena un tresillo de semicorcheas en una línea melódica, mientras en otra suenan dos semicorcheas. La contraposición de tres notas contra dos contribuye a dar ese matiz de inestabilidad, de irregularidad que Bach estaría buscando. Tirando un poco más del hilo y aun a riesgo de caer en la especulación, podemos ver en este tres-contra-dos la oposición entre la perfección divina (el número 3) y la imperfección mundana (encarnada en el 2).

Lo que sí que queda claro en este pasaje es la reaparición del cromatismo que encontrábamos al inicio de la cantata y abriendo el primer recitativo. Como decíamos, Bach insiste en dotar a esta imagen de un enorme simbolismo. Esta vez, usa esa melodía del coral en una de las siete repeticiones de la palabra “Trotz”, combate, que escuchamos al final del aria. La frase completa que destaca así es “combate a los que nos quieren enseñar [falsas doctrinas]”. Una vez más, Lutero y por extensión Bach ponen el foco sobre el antagonismo entre católicos y protestantes.

Un recitativo arioso a cargo del Bajo da paso al aria final del tenor: así como la plata se purifica al ser pasada por el fuego siete veces, del mismo modo seremos purificados por Cristo en la cruz, explica el fragmento. La imagen de la plata purificada siete veces aparece ya en el texto de la Vulgata y se mantiene prácticamente intacta en las diferentes versiones del texto que hemos visto (¿quizás no es casual que en el aria anterior la palabra “Trotz” se repita, precisamente, siete veces?). La música de Bach la asocia temáticamente la plata a las palabras “fuego”, “cruz” y “veracidad”, con las que comparte motivo a lo largo de todo el número.

También sobre esta aria encontramos algunas interpretaciones sugerentes, aunque quizás demasiado aventuradas. Así, Alfred Dürr hace notar la profusión de momentos en los que una escala ascendente del tenor se contrapone a otra, simultánea pero descendente, en el continuo. Una vez más afloraría esa contraposición entre el bien y el mal, lo humano y lo divino, de la que hablábamos con motivo de la primera aria. El tenor, ascendiendo hacia la gloria, mientras el continuo (los que creen en doctrinas corruptas) desciende a los infiernos. El mismo Dürr admite que la contraposición de movimientos ascendentes y descendentes es un rasgo muy habitual en la escritura contrapuntística, que en este caso además “es captado mejor por el ojo [que lee la partitura] que por el oído”.

Con todo, lo más interesante del aria es el momento en el que se produce un parón súbito de la parte instrumental para dejar al tenor solamente acompañado por el continuo, entonando la palabra “Kreuz”, cruz, casi como si fuese un grito. Y lo hace, por supuesto, con un cromatismo descendiente, acabando de dotar de sentido al conjunto de la cantata. Si uniésemos los fragmentos que Bach ha destacado con este recurso, el resultado podría ser algo así como: Dios mirará hacia la tierra, verá que sus fieles son rechazados mientras las doctrinas falsas (en el salmo, otras religiones y creencias; en la versión de Lutero, la reforma protestante) campan a sus anchas, y entonces las combatirá hasta purificarnos a través de la cruz. Con este pasaje, que se repite dos veces, termina el aria.

El coral final depara aún algunas pequeñas sorpresas. Pese a que recupera el texto y la melodía luteranos originales, Bach se reserva un golpe de efecto jugando con la armonía e incorporando acordes que en su época resultaban más extraños al oído de lo que son para nosotros. Al contrario de lo que nos sugería la primera aria, de tono aparentemente más optimista, parece que el maestro quiera hacernos recordar que, pese a la esperanza en el triunfo final, queda aún mucho esfuerzo y dolor por delante.

 

LECTURAS BÍBLICAS A LAS QUE SE REFIERE LA CANTATA BWV 2

 

1 Juan, 3: 13-18

No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece. Sabemos que por amar a nuestros hermanos hemos pasado de la muerte a la vida, mientras que quien no ama sigue muerto. Odiar al hermano es como darle muerte, y debéis saber que ningún asesino tiene dentro de sí vida eterna. Nosotros hemos conocido lo que es el amor en que Cristo dio su vida por nosotros; demos también nosotros la vida por los hermanos. Pero si alguien nada en la abundancia y, viendo que su hermano está necesitado le cierra el corazón, ¿tendrá valor para decir que ama a Dios? Hijos míos, ¡obras son amores y no buenas razones!

 

Lucas, 14: 16-24

Jesús le contestó:

— Una vez, un hombre dio una gran cena e invitó a muchos. Cuando llegó el día de la cena, envió a su criado para que dijera a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado”. Pero todos ellos, uno por uno, comenzaron a excusarse. El primero dijo: “He comprado unas tierras y tengo que ir a verlas. Discúlpame, por favor”. Otro dijo: “Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes y tengo que ir a probarlas. Discúlpame, por favor”. El siguiente dijo: “No puedo ir, porque acabo de casarme”. El criado volvió a casa y refirió a su señor lo que había ocurrido. Entonces el dueño de la casa, muy enojado, ordenó a su criado: “Sal en seguida por las plazas y las calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, los inválidos, los ciegos y los cojos”. El criado volvió y le dijo: “Señor, he hecho lo que me ordenaste y aún quedan lugares vacíos”. El señor le contestó: “Pues sal por los caminos y veredas y haz entrar a otros hasta que mi casa se llene. Porque os digo que ninguno de los que estaban invitados llegará a probar mi cena”.

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